Sentirse
solo ante el mundo, aislado de la manada, traicionado por las personas que deberían
protegernos contra todo mal... Es cuando entendemos que somos adultos en un
mundo de real supervivencia. En mayor o menor medida experimentamos esa
sensación y es cuando decidimos de entre las dos opciones:
1ra.
Hundirnos en la putrefacción de la miseria humana, lamentarnos, recriminar,
emborracharnos en el fracaso, ausentarnos del mundo, ocultando nuestra
cobardía y debilidad para seguir adelante.
2da. Tomar
conciencia de nuestra fuerza interior que suele ser directamente proporcional
al problema presentado; la tenemos oculta en algún recóndito lugar y a veces ni
sabemos de su existencia, pero ahí está. Transformamos ese dolor en coraje y
actuamos en consecuencia.

