(...) Un
estruendoso ruido acompañado de un temblor de paredes les sorprendió a todos.
En cuestión de segundos el caos tomó protagonismo. Los gritos de horror se
escucharon a través del fragor. La desesperación de unos, el shock de otro, la
puesta en acción de los que tenían mejor reacción arrastrando a los heridos
para ponerlos a salvo y dando órdenes precisas para minimizar daños
colaterales. El polvo cegando la estancia, las paredes rasgándose como papel,
el techo desplomándose paulatinamente, dejando al descubierto bajo la
torrencial lluvia a todos los refugiados y voluntarios. Danna y Samuel en zonas
opuesta, magullados, sucios y medio aturdidos comenzaron a caminar hacia afuera
o un lugar seguro al menos, ayudando a cuanta persona estaba a su paso. La
salida estaba bloqueada por una viga y varios trozos de tejado que seguía
siendo inestables por su falta de apoyo seguro. Un pesado trozo de escombro a
causa de la gravedad, buscó mejor acomodo proyectándose hacía Danna los rápidos
reflejos de Samuel evitaron que ocurriera un impacto mortal. La atrajo por la
cintura, cayendo lo más lejos posible de allí, Danna cerró muy fuerte los ojos,
como si la incapacidad de ver el desastre la mantuviera a salvo. Tenía mucho
miedo, estaba temblando entre aquellos fuertes brazos cubiertos de polvo,
sangre y suciedad. Su corazón latía, era incapaz de reaccionar… se encontraron
allí, frente a frente en medio de aquel caos, Samuel le tomó la barbilla
obligándola a descubrir su rostro... y la vio.
- Abre los
ojos… mírame. – la dulce voz le transmitió una sensación de paz en medio del
caos, se sintió segura y poco a poco fue dejando de temblar. Obedeció y sintió
la mirada más penetrante del mundo, el temblor de su miedo fue remplazado por
una extraña sensación electrizante que no pudo explicar. - ¿Estás bien? ¿Te has
hecho daño?-. (...)
-Martha Ferrás-
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